LA ROTERIA POLITICA NO SE HURTA
Columna publicada en LA NACION, a pocos días de que el Senador Obama ganara las elecciones presidenciales en EEUU y comenzara todo tipo de locuras analíticas.
Quizás fue por culpa de una intervención divina que cuanto analista criollo que existe, se iluminara justo durante las elecciones presidenciales en EEUU. Las rebuscadas explicaciones, comparaciones e indagaciones sobre la mentada elección ajena y todo aquello relacionado con el senador Obama, coparon la agenda mediática. El entusiasmo fue excepcional y los autoproclamados entendidos hacían filas para dejar estampados sus dichos. No se salvaba nadie, estaba todo el crisol político chileno.
Al no tratarse de nuestras propias elecciones presidenciales, se justificaba tanto interés en que no era oportuno solamente observar sino también, aprender. O sea, estaríamos tan agrandados y parecidos al hermano mayor del norte que se hacía necesario aplicar la obra magna de la campaña de Obama en Chile.
Sin tapujos, un pasquín osó aventurar que el mismo Piñera se adelantó a Obama con la idea del ‘cambio’ y, el más avispado -el reelecto alcalde Orrego- declaró, a solos horas de la victoria, que era parte de “una generación Obama”.
Desde luego, resulta surreal que el bagaje sociocultural y político de un afroamericano sea transportado, sin complicación alguna, a nuestra pequeña franja de tierra.
Con tanto gasto de neuronas, es curioso que nadie haya reparado en el mensaje más potente de las elecciones de EEUU. Un fundamento que reside en la antigua enseñaza cívica (que ya ni se imparte en Chile y muy poco en EEUU) que no es más que respetar la presidencia como la máxima expresión democrática del electorado. Y sabemos que el respeto no se regala, se gana.
Chile se encuentra -desde el mismo día que asumió la presidenta Bachelet- en una carrera bipolar por el asiento en La Moneda. Para el rogado ciudadano común, que casi ya no vota, puede que le extrañe que el puesto -con tantos dramones y dedicación de jornada completa- sea tan codiciado. Claro, siempre polula la sospecha de que da buenos dividendos personales y familiares.
El ingreso de la presidenta Bachelet trajo consigo no solo la novedad de su condición biológica sino también el concepto de ‘gobernabilidad’, temita que se comenzó a escuchar un poco antes de las mismas elecciones de 2005. Los más nerviosos señalaban que simplemente no estaba preparada para gobernar mientras otros, alegaban que era una virgen política y no podía competir con un alcalde y un empresario.
Al senador McCain, quien ahora sacó más de 57 millones de votos, le costó bastante imponer su candidatura dentro del partido republicano. Las mismas bases que eligieron con gusto al presidente Bush, les faltaba poco por acusarlo de ser ‘un liberal enmascarado’, o bolchevita al tacho. No les provocaba confianza alguna. Percibían que en los temas de los valores sociales (i.e el aborto y los derechos de los homosexuales), era un demócrata cualquiera, carácteristicas negativas que se neutralizaron un tanto cuando le quitó la nominación a un empresario mormón y un pastor evangélico. Solo ahí, McCain se convertió en el candidato del mal menor. Las opciones eran demasiadamente exóticas.
Ante la avalancha de Obama, la cuestión de la ‘gobernabilidad’ se utilizó para atacar al candidato favorito. Su supuesta incapacidad para gobernar se mezcló con las críticas a los sosterrados deseos del partido demócrata, de convertir a EEUU en un país socialista. A Obama lo tildaron de ser inexperto que no tenía más experiencia que organizar la comunidad en su barrio de Chicago y que le quedaba grande la responsabilidad de liderar a EEUU, en momentos de crisis.
Pero el asunto de la ‘gobernabilidad’ tuvo un giro cuando McCain eligió a la ex alcaldesa y gobernadora Sarah Palin como su pareja vicepresidencial. El miedo de que el señor de siete décadas dejara -con su deceso- a la joven madre a cargo de los misiles concentró la discusión en la preparación de Palin.
Con todo, el abstracto concepto de la ‘gobernabilidad’ es usado como arma descalificadora que funciona en todas las situaciones. La razón reside en que es concepto completamente subjetivo y por eso mismo, tremendamente dificil de refutar. Lo único que se logra es instalar la semilla de la desconfianza y por ende, la indecisión electoral. Y si el candidato gana, da pie para seguir acusándolo o acusándola.
Si bien antes era parte del juego de los partidos políicos y de los mismos políticos declarar que no eran candidatos, a casi un año de las próximas elecciones presidenciales, el culebrón chileno ya demuestra claras faltas de respeto a la ciudadanía.
La mala educación es de todos aquellos que (confesándolo en público o tras bambalinas) quieren apoderarse de la presidencia, por secretaría. Y aquí no se trata de que sean unos rogados o autoproclamados sino la evidente ausencia de un más mínimo decoro cívico, de respetar todo lo que la presidencia misma significa. Porque con tanto personalismo, tanta inversíon en la imagen de tal o cual personaje, se olvida que la presidencia se asume como un puesto transitorio y que tiene como objetivo el bien del país, y no el individual.
Es decir, la República (seguímos siendo una república aunque a algunos no les guste) es siempre más grande que el funcionario y su estadía en el palacio presidencial de -ahora- cuatro años.
Si es que se congrega a primarias en 2009, resulta casi ridículo que los conglomerados políticos chilenos lo hagan a solo meses de las elecciones generales. Es tan grande el afán plagiar que se nos hace creer que en Chile operan solo dos partidos, tal como en EEUU.
No hay duda que corresponde a una estrategia electoral. Dejará poco tiempo para realmente conocer las propuestas para el país de cada uno de los candidatos ya que la contienda electoral será brutal. Y la posibilidad de presión, por parte de la ciudadanía, sobre temas de real interés, será casi nula.
Chile no necesita copiar para utilizar las mismas herramientas que llevó al senador Obama a ser presidente electo de EEUU. Basta con buscar en el pasado –nuevamente, aunque algunos no lo quieran- y aprender de la historia, de cuando los candidatos se gastaban las suelas de los zapatos tocando puertas, conociendo a los vecinos de todo el país con los modales que corresponden y no se achicaban ante la competencia.
Claro, para eso tendríamos que volver a la buena cuna, a la educación cívica, comenzando con aquellos que se hacen llamar políticos.
Un viejo corresponsal de AP, antes de partir a Chicago para cubrir el discurso de victoria de Obama, me dijo que “el proceso de dos años y su energía” solo era comparable con lo que vivió en 1969. En Chile.