Bachelet & Palin, y la falsa premisa chilena
Este producto hiper femenino con valores ultra conservadores, que puede ocuparse de lo más primitivo de la supervivencia humana mediante su rifle, ha devorado al candidato McCain.
Me gustan los tacos altos, bien altos. También me gustan las medias caladas, un buen maquillaje, las faldas mini que muestren harta pierna y la ropa escotada. No obstante, todo esto no me hace mujer ni tampoco feminista. Resulta ridículo que algunos analistas políticos piensen que por el mero hecho de poseer una vagina corresponden ciertas características que imponen todo un entramado de lo que ellos llaman “la nueva forma de hacer política”, lo cual sería -nada menos- una política ilusa sin contenido.
Hace pocas semanas, sorpresivamente apareció una candidata republicana a la vicepresidencia. Con su enorme cabellera, la cara bien pintada, tacos aguja, un lote de hijos, una guagua recién nacida, una voz aguda y un razonamiento ilógico, Sarah Palin inmediatamente logró suplantar la idea de la mujer política pensante que había dejado la senadora Hillary Clinton. Desde un comienzo, la campaña de John McCain quiso asegurarle al público que la gobernadora de Alaska no era ni una barbie cualquiera ni tampoco una feminista tradicional. La misma Palin se encargó de recalcar su gusto por cazar -no codornices como al vicepresidente Dick Cheney- a enormes alces y a cuanto lobo se le han cruzado en su territorio. Contenta se autodenominó hockey-mom (una suerte de madre de suburbio, que opera en relación con su familia). Triunfante, declaró que lo único que la separaba de un perro pitbull era su uso de lápiz labial.
Con ganas, los medios internacionales no han parado de cubrir lo que creen es un bicho raro y extravagante. Obsesionados, hablan de lo que dijo y no dijo, la analizan bajo lupa y la siguen con asombro. Tamaña criatura jamás se ha visto. Tanto así que este producto hiper femenino con valores ultra conservadores, que puede ocuparse de lo más primitivo de la supervivencia humana mediante su rifle, ha devorado al mismísimo candidato a la Presidencia. Claro, nadie más feliz que McCain, que ya sabe que su edad y poco sex appeal aburren en la pantalla.
Suena a cuento conocido. Ya en los primeros meses de la candidatura de Michelle Bachelet se vendía, como la gran novedad del siglo, la mera posibilidad de contar con “la primera mujer Presidenta”. Al limitar la candidatura misma a puras características reproductivas, se instaló un lugar ficticio que relaciona todo lo que hace y no hace una mujer exclusivamente con sus atributos biológicos. Fue también la primera señal de que gran parte de la sociedad chilena olvidó la pelea para que tanto los hombres como las mujeres tuvieran los mismos miserables derechos. Es decir, la sociedad entera estaba tan complaciente que se suponía que con una mujer en la Presidencia se conquistaban las metas del feminismo. Y de paso, oportunamente, se sepultaba el verdadero objetivo de la igualdad entre pares.
Así, la excepcionalidad de ser mujer opera bajo la lógica de que ya todo es posible en el ámbito de la política y que en la sociedad globalizada somos todos iguales. Es ilustrativo que el personaje de Bachelet no sea una consecuencia directa de la lucha del feminismo, sino que se atribuya a una apertura cultural concertacionista de la sociedad. Todo lo cual contrasta con que en Chile no existe una situación de igualdad de derechos, por mucho que las parejas se puedan divorciar sin tanta mentira de por medio. Si bien en los países desarrollados y no tan desarrollados ni se cuestionan el derecho de la mujer de decidir sobre su futuro, en Chile aún no es tema y no se quiere legislar sobre el aborto. Tampoco hay un compromiso mínimo de la sociedad para establecer los derechos de los homosexuales.
No hay duda de que la marca registrada de Bachelet fue una estrategia exitosa que logró arrebatarle a la derecha el voto duro de la mujer. Y tampoco es insignificante que Chile ahora pueda convencer al mundo de que ya no es un país castrante y está calificado para ingresar al club de los países modernos.
Sin embargo, no se calculó el daño colateral del argumento de que la “condición de género explica una supuesta superioridad moral a la hora de hacer política” y que una mujer se ampara en su género para no tener que explicar sus propuestas de políticas públicas. Esto es, según un comentarista proclive a caer en premisas falsas, una “nueva forma de hacer política”, relacionada directamente a Palin y Bachelet. Palin es un personaje que nace de las políticas del archiconservadurismo político que ha imperado en el mundo desde los ’70. Su candidatura no es novedad alguna porque el ejemplo más cercano sería nada menos que Margaret Thatcher. También la “dama de hierro” (como la tildaban los picados) comenzó su carrera abrazando una imagen de ama de casa. Y nadie, con dos neuronas funcionando, puede decir que ella era pura forma sin contenido.
En el caso de Bachelet, el discurso de ser algo nuevo debió prender la alarma sobre el fracaso del feminismo. No obstante, ya no es necesario quemar sostenes ni tampoco deshacerse de los tacos altos. Las mujeres ya no somos un complemento bonito y agradable. Les guste o no, y con o sin vagina, la mitad de la población mundial es mujer. Es un hecho y no una forma.
